Podríamos decir que la historia de Henrietta Swan Leavitt es de sobra “desconocida”.

Prácticamente no existen documentos sobre su paso por este planeta. No hay memorias científicas, ni cartas, ni diarios, y tan solo unas pocas fotos. Y, por supuesto, de acuerdo con la tradición de la época en lo referente al reconocimiento del trabajo femenino, apenas hay publicaciones científicas con su firma como primera autora.

En la historia de Henrietta se alternan grandes lagunas desconocidas con anecdóticos episodios muy detallados. Por ejemplo, se conoce la lista de objetos que legó a su madre como testamento, pero no dónde y con quién realizaba largos viajes por Europa durante los años en los que desaparecía sin dejar rastro.

Poco, muy poco, sabemos sobre la personalidad de esta mujer que nunca dejó escrito por qué le interesaban las estrellas, y si es que en realidad lo hacían. Pero el caso es que Henrietta se ha convertido paulatinamente en un icono de la historia de la astronomía. Algo así –salvando las distancias– como la Marie Curie de los astrónomos.

Probablemente no era la más brillante de estas mujeres “calculadoras” que se atrevieron a ver más allá de la mera sucesión de tablas que compilaban día a día, pero el descubrimiento de Henrietta fue la llave maestra necesaria para volver a revolucionar nuestra imagen del cosmos, tal y como Galileo había logrado tres siglos antes simplemente mirando al cielo a través de dos lentes alineadas. En este caso, la revolución se hallaba escondida en la interminable ristra de números anotados por Henrietta. Un nuevo universo -inconmensurable, infinitamente poblado de galaxias y en continua expansión- se ocultaba en el cuaderno de una mujer callada y desconocida.

Solo por eso, Henrietta merece estar en el panteón de la ciencia. Solo por eso, Henrietta merece tener un diario. Un diario que probablemente nunca escribió. Un diario que nos muestra una Henrietta que casi seguro jamás existió.